Cambiar yo para cambiar el mundo


Autor: Juan Perea – 02/03/2010

Gandhi nos proponía convertirnos en el cambio que deseamos ver en el mundo. Afirmaba que el verdadero poder del ser humano, su grandeza, no se sustenta en su capacidad de reformar o reconstruir el mundo sino en la de reinventarse y rehacerse a sí mismo. Esto lo acompañó de una invitación a la acción, pues sin ella es imposible llegar a ningún lado (“una onza de práctica vale más que toneladas de rezos y plegarias”).

Pasamos gran parte del tiempo reaccionando frente a nuestra interpretación de la realidad. Esto deja muy poco o nada de espacio para el ejercicio de una acción que surja de nuestra libertad, de nuestra fuerza interior. Reaccionando vamos cediendo nuestro poder a otros, lo ponemos en manos ajenas, las cuales, indefectiblemente, acaban decepcionándonos. Al cabo de un tiempo, acabamos culpando a esos otros de nuestro fracaso y malestar. Copiamos una actitud infantil mediante la que el niño permanece inocente ante ‘el mal que le rodea’. También podemos terminar castigándonos a nosotros mismos por haber confiado en terceros. Entonces pasamos a ser el adulto culposo que lleva una carga que a nadie alivia. No tiene nada que ver con el remordimiento que sentimos a medida que somos más fieles a nosotros mismos. Es un lastre que nos hace caminar renqueantes por la vida.

A su vez, nos convertimos en expertos para permanecer instalados en nuestra ‘zona de confort’, en un espacio que, o no nos gusta del todo o nos aburre profundamente, pero en el que creemos estar calentitos y seguros. Este lugar se convierte en todo menos en aquello que habíamos soñado. Elaboramos excusas del tipo de ‘ya es demasiado tarde para cambiar’, ‘no sé hacer otra cosa’, ‘las cosas son y siempre han sido así’, ‘no tengo los medios para hacer algo distinto’, ‘ya lo haré cuando pueda’, etc. Puede ser peor, podemos poner a otros, en general a quienes tenemos más a mano, como justificación de nuestra inacción: ‘tengo familia’, ‘qué pasaría con mis hijos’, ‘mi pareja no estaría de acuerdo’, ‘qué van a decir mis padres’, ‘mis amigos me rechazarían’, etc. Esto desemboca en una acumulación de rencor hacia esos otros y en un continuo conflicto con ellos (exterior) y con nosotros mismos (interior).”

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