¿Muerte anunciada o suicidio colectivo?


Autor: Alfredo Astort marzo 31, 2010

Existe la inquietud,  no es un latido: es continua y evidente. La creación de muchas páginas como ésta, las búsquedas de una mayor conciencia, el inicio de una compresión de que todas las formas de vida son una sola y están tan unidas que una depende como una célula de la otra. Y la transparencia de todo cuanto está sucediendo en nuestro alrededor, porque nada permanece oculto aunque lo escondan,  lo demuestra. Es una sensación de que, tal como están las cosas, no llegamos ni a puerto, a ninguna parte. No es un runrún, un esporádico gorgojeo. Es mucho más. Es definitivamente todo un sentimiento generalizado. Es una percepción tan nítida, una fotografía de la familia humana, de que por el camino que vamos todo este insólito, estúpido, andamiaje (propio de ignorantes) que hemos construido se nos cae sin remedio. Y como este sentir está en la cartelera de todos los días,  lo que está por venir no nos va a coger por sorpresa. Es casi, casi, una muerte anunciada o un suicidio colectivo.

Cómo los hombres llegamos hasta aquí, hombres y mujeres estamos en el mismo paquete, tiene una sencilla explicación. Sería un pensamiento pequeño, irrisorio, un consuelo de tontos, eso de que la culpa la tienen los demás. Sólo una excusa. Y es que el primer paso para poder comenzar de nuevo es asumir nuestra responsabilidad, de que estamos como estamos porque lo hemos permitido; ni más ni menos, ni menos ni más. Porque somos nosotros los que elegimos a nuestros gobernantes, quienes toman las decisiones en nuestro nombre. Somos los que consumimos hasta lo inconsumible, y lo innecesario. También los que hacemos las diferencias entre unos y otros, los que creamos la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos. Los que permitimos el juego ese de que para que uno gane otros muchos pierdan; y encima: aplaudimos. Los que destruimos, aún desde el silencio por permitirlo, sin detenernos; nos destruimos, machacamos, hasta entre nosotros mismos. Y como esto no es suficiente, arrasamos además, aún desde el estómago (ñam ñam), con todas las formas de vida que nos pasan por delante (crudas o cocinadas).

¡Parece que hemos dejado de creer en nosotros mismos! Los mejores gobiernos de la humanidad ni se sentían, pasaban desapercibidos, no ocupaban la mitad de los noticieros y, como no interferían en las labores cotidianas, el pueblo se dedicaba tranquilamente a sus ocupaciones. Antes de aplicar las leyes, las acataban ellos primero. Los cargos colectivos, comunitarios, no eran remunerados pero sí obligatorios, quizás el equivalente a que hoy cobrasen el salario mínimo quienes desempeñan labores colectivas: lo mismo que sucede hoy en día en comunidades indígenas que han llegado relativamente ilesas a nuestros días. La primera norma que se aplicaba era la de la “deferencia”, eso de ponerse detrás de los demás y no en primera plana de la pasarela, eso que se llama llanamente: dejar pasar. El cuidado de los recursos del país era casi una labor sagrada, no un saqueo o un asalto como lo es actualmente. Se respetaban las leyes de la naturaleza que, a diferencia de las de los hombres -que terminan en la papelera para ser sustituidas por otras nuevas que correrán el mismo destino-, siempre tienen vigencia. Y si el gobierno está en orden, es claro y transparente, honesto en sus actuaciones, el pueblo no está inquieto ni recurre a las astucias. Y lo que hoy abunda no son gobiernos, son desgobiernos, desprovistos del elemental sentido común y sin ningún tipo de sensibilidad social. Y es en manos de ellos que hemos dejado Nuestras decisiones.

¡Parece que hemos dejado de creer en el Poder de Uno, en nosotros mismos! Y es que por ahí se empieza. Se puede cambiar el mundo, primero, cambiándose a sí mismo. Desde los pensamientos, desde las intenciones (la intención es un músculo) y desde las acciones; a eso se llama coherencia: armonía con uno mismo. “Y cuando la dirección es una sola nada ni nadie la detiene; es imposible, es una fuerza que se regenera y transforma, que avanza sola”. Es  algo tan simple como una palabra sincera que llega al corazón de los hombres y que puede mover multitudes en un segundo. En momentos tan curiosos como estos que estamos viviendo, podemos parar un país para empezar de nuevo: así, ¡en un ya! Acabar con los políticos inútiles y todo el séquito de ladrones que abunda en las esferas del poder, sólo por una cuestión de higiene social: en un momento. Podemos poner fin a la guerra y a la industria que la sustenta y de la que se benefician solo unos pocos desalmados: sólo con proponérnoslo. Podemos hacer caer una economía basada en el petróleo y abrirnos a energías alternativas y libres hoy a nuestro alcance: sólo de querer hacerlo. Podemos crear y mantener empresas, y también quebrarlas; porque si no consumes Coca-Cola la Coca-Cola se va y, por supuesto, siempre será mejor el agua. Podemos tener un mundo sin fronteras: de tan sólo sacar los límites que nos dividen. Podemos hacer que todas las religiones sean una porque la suma de todas es la misma. Podemos con cualquier barrera, obstáculo, porque ni los idiomas nos alejan, porque hablemos lo que hablemos, digan lo que digan, y de uno quererlo es más lo que nos une que lo que nos diferencia.

Alfredo Astort
Fundador de “Ajoblanco”
Entrevista en Diario de Mallorca

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